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jueves, 30 de enero de 2014

A MÍ ME PASÓ: Mi vagina necesitaba terapia física


Mi compañía de seguro médico se rió de mí cuando traté de hacer que pagaran la terapia física vaginal que requería, pero el dinero que terminó costándome no es nada en comparación con lo que obtuve al final de todo.


Me di cuenta que algo estaba mal unas pocas semanas después de que comencé a tener relaciones sexuales, alrededor de cuando Kelly Clarkson fue coronada la primera la primera "Ídola de América"

Perder mi virginidad fue doloroso, pero también es cierto que yo esperaba que fuera así. El problema se hizo aparente cuando con el tiempo, el dolor no desaparecía, incluso después de mucha práctica, por así decirlo. Si parecía que me quejaba es porque realmente estaba experimentando "dolor", aunque pudiera sonar cómo "Oh, qué maravilloso se siente!", pero no soy tan buena actriz. No sé.

De cualquier manera, no le mencioné el dolor a mi novio y mantuve una actitud de "ignóralo-hasta-que-con-suerte-se-vaya", popularizada por hombres viejos y malhumorados en todas partes (y también por adolescentes chistosit@s que se averguenzan de cualquier cosa)-
 
Primero, el dolor fue fácil de ignorar, porque el sexo preparatoriano duraba a lo mejor unos 35 minutos en total, entonces sólo tenía que cerrar los ojos y quedarme como "Oh, sí, se siente increíble" y antes de que me diera cuenta, ya había terminado. También era difícil localizar el dolor con precisión. Sabía que estaba adolorida alrededor de la entrada de mi vagina, pero desafortuandamente las terminaciones nerviosas de la vagina no ayudan -sería como una persona con problemas de la vista tratando de usar una brújula para navegar por un laberinto...bajo tierra...donde nadie puede escuchar tus gritos.

A veces, el dolor era moderado y casi podía ignorarlo por completo, pero otras veces el dolor era insoportable. My negación me motivó a refugiarme en distintas teorías sobre el dolor, incluyendo "La teoría de conspiraicón" (p.e., a lo mejor el sexo es doloroso para todas las mujeres y sólo finjimos que nos gusta para hacer felices a los hombres) y mi favorita personal, la de "Es mi culpa" (es decir, lo estoy haciendo mal; sólo necesito relajarme).

Mis análisis y estudios de pap siempre regresaban normales, entonces me sentía justificada al no hacer absolutamente nada para aliviar mi dolor durante varios años.
A los 22 años, me comprometí con mi esposo actual y finalmente me sentí suficientemente en confianza para admitir que quizás algo estaba mal y quizás podría ser arreglado. Fui a ver a mi ginecóloga y le traté de explicar mi caso de "vagina rota". Durante la examinación, presionó mi vulva y me preguntó "¿Es aquí donde te duele?"
Grité "¡Síii!" Ella me explicó que había una pequeña parte de himen que nunca se había ido del camino y que al tener relaciones sexuales, me lastimaba.
Resulta que el hombre que me ayudó a perder mi virginidad no había hecho un buen traajo y me había dejado con una pestañita de piel con muchos receptores de dolor, porque Dios odia a las mujeres. (Sólo para ser justa, es mucho más probable que mi himen se rompiera antes de mi primer encuentro sexual, pero me divierte más culpar a mi novio de la preparatoria que a mi inocente bicicleta de la infancia. ¡Tenía listones en los manubrios!)
Pero había una explicación, y hasta una solución potencial. Me fui del consultorio de mi ginecóloga llorando de felicidad.
Tenía 2 opciones: someterme a una terapia física o que me quitaran ese pedacito de piel de manera quirúrgica. Opté por la terapia física, imaginando cierto tipo de gimnasio placentero que involucararía esas divertidas pelotitas para ejercicio vaginal y quizás practicar los ejercicios de Kegels mientras comía reposterías o algo así. No descartaba la cirugía, pero la idea de firmar para que me torturaran vaginalmente no me parecía un buen primer plan de ataque
Me vestí con varias capas encima para mi primera cita. No tenía idea de lo que me esperaba y mi mamá siempre me enseñó a vestirme con capas de ropa siempre que tuviera dudas. La recepcionista me llevó a una habitación del tamaño de un closet en la parte trasera de la oficina de la ginecóloga con 2 fotografías enormes de flores adornando las paredes, amueblada sólo con un pequeño escritorio y dos sillas.
Sentada detrás del escritorio estaba "Marsha", la maga de las vaginas que pasaría los siguientes meses familiarizándose con mis partes íntimas. Lo primero que noté de Marsha aparte de su acento sureño fue su vestuario. No vestía una bata, ni ninguna de las cosas que esperarías que usara una profesional de la salud. Usaba jeans, tenis y una playera rosa cada vez que la veía y siempre olía a talco para bebés y lavanda.
Un poquito de información acerca del excedente de tejido que tenía, Marsha me dio varios libros acerca del Vaginismo (Nota: NoAfter a brief chat about the nub, Marsha gave me some books about Vaginismus (Note: No, no es lo mismo que el monstruo terrorífico de H.P. Lovecraft, sino un término médico legítimo para el dolor y la estrechez vaginal; por lo tanto, "el monstruo vaginal".
Marsha me llevó entonces a un cuarto donde había terapia física llevándose a cabo. Me explico que era posible que este tejido me estuviera causando todos mis problemas, pero que era más probable que el dolor fuera el resultado de la tensión en mis músculos del suelo pélvico, que podrían estar reaccionando así como una especie de respuesta aprendida, incrementando así la magnitude del dolor que yo padecía y que iba de molesto a insoportable.
Además de un poco de iluminación suave, aromaterapia y almohadas suaves, el cuarto se parecía a cualquier otro para examinación ginecológica (es decir, no había respostrería). La herramienta terapéutica principal era un juego de dilatadores que iban del diámetro de un lápiz hasta una erección enorme.
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Éste era el juego de dilatadores elegantes que usé.
Marsha me pidió que me quitara la ropa de la cintura para abajo, me volteara de lado sobre la mesa de examinación, y entonces procedió a conectar electrodos en la parte interior de mis muslos. Los electrodos estaban conectados a unos alambres y los alambres conectados a un monitor que mostraba la actividad de mi suelo pélvico. Esto tiene un lugar en mi lista de cosas fascinantes para ver, justo debajo de la serie televisiva "Breaking Bad". Quisiera tener uno de esos aparatos en casa.
Marsha se iba de la habitación y el monitor enseñaba una línea plana de mi actividad pélvica, pero el segundo en que ella entraba y que yo veía su mano enguantada agarrando un dilatador lubricado, la línea comenzaba a dispararse conforme mi pobre vagina empezaba a prepararse para bloquear cualquier entrada.
Muy pronto, me di cuenta que mi orgullo no tenía un lugar dentro de este cuartito extrañamente femenino. Marsha entraba y salía de mi vagina con la gradiosidad de un cartero en su ruta diaria. Tenía una mano en mi vagina mientras casualmente platicábamos de temas que iban desde nuestros cargadores inalámbricos o el episodio más reciente de la serie "Lost".
Cuando terminó la primera sesión, Marsha me dio una bolsita con los electrodos y alambres que habían conectado a mi cuerpo con el monitor y me recordaba que debía traerlos cada sesión. Yo los mantenía una cajita con el temor constante de que un amig@ pudiera descubrirlos y que yo tendría que decir algo como "Ah, no te preocupes por esos. Son mis alambres vaginales."
No me sentí físicamente distinta después de esa primera sesión, pero sentía mucha esperanza. El deshacerme del estigma del dolor y olvidarme del respeto que demandaba fue algo increíblemente empoderador. Fije mis citas semanas con Marsha y leí todos los libros sobre el "monstruo vaginal" y practiqué con los dilatadores en casa
Cada semana o dos, Marsha me graduaba y empezábamos con un dilatador más grande cubierto con un montón de lubricante que era además calentado para en una maquinita especial (otro aparato que me encantaría adquirir).
Cada vez que comenzaríamos a usar una talla más grande, los músculos de mi suelo pélvico entraban en pánico y mi vagina casi decía "NO", pero trabajábamos para lograrlo y finalmente aprendí a conectar mi cerebro con esos músculos para persuadirlos a relajarse.
Algunos meses más tarde, cuando me sentía cómoda incluso con el dilatador más grande, Marsha y yo nos despedimos. Continué trabajando por mi lado. El sexo cono mi prometido lentamente se volvió más placentero.
Primero, tenía que pasar por una rutina realmente nada sensual antes de poder empezar el juego previo e incluir la penetración, pero mi método funcionó. Finalmente comencé a entender por qué el sexo era bastante popular entre lxs seres humanxs y aprendí que no se trataba de una conspiración colectiva.
Con el tiempo, tuve que trabajar menos y menos, conforme el placer se hacía más natural y esperado que el dolor, y en los últimos años, no he sentido nada de dolor. Casi he olvidado lo cómo era.

Mi compañía de seguro médico se rió de mí cuando le pedí que pagaran mi terapia vaginal, pero el par de miles de dólares que al final costó no es nada en comparación con lo que recibí a cambio. De hecho, pagaría miles más y leería todos los libros sobre el "Monstruo Vaginal" que existen en el planeta e invitaría a señoras de voz muy dulces y baja a ayudarme a hablarle dulce a mi vagina, si eso hiciera falta.

FUENTE:  Revista XOJane; Traducción de Helecho Verde

2 comentarios:

  1. donde se puede conseguir en Barcelona alguna persona que haga esta terapia?

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    Respuestas
    1. Hola María, gracias por seguirnos. No sabríamos decirte, tal vez tu doctora sepa de alguien, o bien si estás en el grupo Lunas, Toallas de tela y Copas, haya alguien que lo sepa. ¡Saludos!

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